Opinión – Prensa musical en internet

Por , el 27 - 10 - 2011
 

Como en tantos otros campos, también en la música Internet ha democratizado la opinión. Los cada vez mayores avances en la accesibilidad a la cultura han hecho posible que cualquier aficionado con curiosidad e interés tenga acceso a una gran cantidad de información. Una vez digerida toda esa información el aficionado quiere opinar, es decir, que se convierte en un generador de contenido. La situación de facto es que existen cientos de blogs en castellano que son referencia para una gran cantidad de aficionados porque dan cabida a géneros y bandas que los grandes medios ignoran en el mejor de los casos.

Con esta expansión de los medios digitales, muchos críticos de cierta edad y con muchos años en el oficio han achacado a la red la banalización de los contenidos y el poco conocimiento de muchos blogueros a la hora de hablar de música. Su actitud no está muy lejos del pataleo de los sellos discográficos y sociedades de gestión de derechos de autor. Pataleo sí, pero miedo también a perder una posición predominante en la que ya muchos se creían perfectamente anclados. Ese marco perfectamente controlado en que todos trabajaban se está desmoronando, pero ninguno está por la labor de salir de su comodidad y arriesgarse a probar un nuevo modelo que nadie sabe cómo va a funcionar.

La cuestión es que un artista ya no necesita el apoyo de la industria para materializar su trabajo en un soporte susceptible de ser distribuido y comercializado, así como de alguien que lo publicite y recomiende, lo que ha hecho emerger una alternativa basada en unos principios más éticos y justos. Cualquier grupo puede hoy en día producir su propio disco y difundirlo a través de redes sociales, webs y distintas plataformas sin contar con ningún apoyo de medios de comunicación ni de sellos discográficos. Tanto la industria de la música como los medios especializados tradicionales han perdido la batalla por los principios. El abismo que separa a los grandes sellos y gran parte del público es similar al que hay entre la crítica musical y ese público. ¿Cómo explicar si no que existan grupos que de la noche a la mañana tienen un gran número de seguidores sin una sola crítica ni publicidad en los grandes medios?

Nos desenvolvemos en un medio demasiado nuevo y, sobre todo, demasiado rápido para que hayamos encontrado un momento para reflexionar y poner en pie nuevas estrategias y métodos adaptados. Pero, como en muchos otros cambios significativos en la historia de la humanidad, siempre hay quien sabe ver las posibilidades de los avances antes que los demás. Y en el caso de la música está claro que no han sido ni la industria ni el periodismo especializado. Esta situación ha dado lugar a diversos enfrentamientos (el más conocido el de los derechos de autor) que han obviado otros caminos, como el copyleft y las licencias Creative Commons. Pero en el caso del periodista musical es difícil encontrar un camino como ese y no han sido pocos los medios digitales que han aprovechado la nueva situación para hacerse con una gran cantidad de contenido totalmente gratis.

La figura del colaborador

En un país como este, en el que la “cultura del becario” ha sido desde hace años parte importante del crecimiento empresarial, el trabajo -no ya mal pagado- sino gratis total nunca ha estado mal visto. Las “colaboraciones” son otra parte de ese entramado. Aunque es un concepto y realidad existente desde hace años, ha sido en los últimos diez con la generalización del uso de internet cuando encontramos una infinidad de revistas, blogs e incluso medios de comunicación grandes que andan constantemente en busca de “colaboradores”. Pues bien, ese “colaborador” es alguien a quien le apasiona una o varias temáticas, de las cuales tiene amplios conocimientos, y al que además se le pide tener una redacción aceptable (por cierto, se puede no ser periodista y ser capaz de articular un texto en condiciones).

Nunca ha sido difícil encontrar a personas interesadas en hacer este tipo de colaboraciones: estudiantes de periodismo, aficionados a temas concretos, etc. porque el mercado de jóvenes –en su mayoría- de los que aprovecharse es bastante grande. Especialmente en este país, en el que las tasas de paro difícilmente han bajado del 8% en los últimos 35 años –en los años de la burbuja inmobiliaria-, mientras que en Gran Bretaña por ejemplo en plena crisis y con un paro que escandaliza y preocupa a todo el país apenas han llegado a ese 8%. Y eso, hablando de población activa, porque si nos centramos en el desempleo juvenil España duplica como mínimo las cifras inglesas. Vamos, que no es muy complicado encontrar gran cantidad de gente joven bien preparada dispuesta a trabajar gratis para, al menos, tener algo que poner en su currículum.

Así que ya tenemos los dos actores principales de este tinglado: un medio que quiere tener contenido gratis y gente que quiere escribir sobre sus temas preferidos. Pero en esta simple ecuación hay que incluir que el medio obtiene sus ingresos por la publicidad pero no paga por los contenidos que necesita para obtener precisamente esa publicidad. Y no estoy hablando de un blog de amigos con una vocación puramente divulgativa o pequeñas webs que apenas ganan unos céntimos con google adsense, sino de webs con miles de visitas diarias y con una media de casi 400 reseñas anuales… ¿Cuánto creéis que pagaría una empresa por publicitarse en una web con ese nivel de visitas? Pues eso.

Afortunadamente, existe otra parte en este negocio y es la de aquellas empresas que han apostado por remunerar a sus redactores. De esta forma, se aseguran una mayor calidad en contenidos, unos textos bien redactados y una implicación mayor por parte del redactor, porque ninguna empresa va a pagar por un trabajo que no considere aceptable, ¿verdad? Entendámonos, nadie va a ganarse la vida escribiendo dos –o veinte- artículos al mes (al menos tal y como está el panorama actualmente), porque la cuestión es que la remuneración (y no digo que esta sea justa, alta o baja, sino simplemente que exista) es la única forma que conocemos en nuestro sistema para reconocer el trabajo bien hecho. Pagar a un redactor es reconocerle su trabajo.

 
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