Opinión: La crítica musical

Por , el 29 - 09 - 2011
 

Tengo el placer de inaugurar una sección de opinión en Musicópolis, una apuesta arriesgada pero interesante porque se va a dedicar a reflexionar sobre todos los aspectos relacionados con la música y el periodismo dedicado a ella. Así que, dada la temática, me veo en la obligación de hacer una advertencia inicial obvia pero necesaria: este artículo –y los siguientes-sólo expresa la opinión de su autor y no tiene por qué ser también la de Musicópolis. No por evidente podemos dejar de decirlo y mucho más en un primer texto. Pues bien, hemos pensando que el mejor tema para comenzar es el de la crítica musical que, al fin y al cabo, es el terreno en el que este medio y sus redactores se desenvuelven.

La música está sujeta al análisis casi desde sus inicios, pero la crítica musical comenzó a tener presencia a partir del siglo XIX de la mano de una popularización del pensamiento racionalista. De hecho, la valoración estética de la música sigue girando actualmente en torno a los mismos conceptos que hace doscientos años: la cuestión técnica, su uso expresivo, la construcción de la obra, la calidad de su ejecución en directo… Aspectos que buscan ser parte de un método cuyo objeto final sería la formulación de un juicio estético absoluto.

Con el auge de las músicas populares en la segunda mitad del siglo XX la crítica se ha hecho más cómoda –por decirlo de alguna forma- porque en la música popular no es necesario distinguir y comprender las estructuras de una obertura, un pasaje recitativo e, incluso, una fuga o una sonata. Generalmente, la técnica se circunscribe a unos parámetros más o menos habituales y no excesivamente complejos. De esta forma, la valoración encuentra siempre más espacio para al componente subjetivo. Motivo suficiente para que el oficio tenga una carga importante de conflictividad y polémica (ya incluido en el término “crítica“). Ya hace doscientos años un compositor como Franz Liszt pedía que los músicos se convirtieran en críticos, mientras que otros abogaban directamente por la eliminación de una profesión que consideraban hasta inmoral. Pero los músicos no se han convertido en críticos y es que, muy a pesar de Liszt, el músico no tiene por qué enfrascarse en otra labor más que la que ha elegido, que suele ser en la mayor de los casos, simple y llanamente, hacer música.

Desde hace bastante tiempo la crítica musical se ha movido entre dos caras de una misma moneda: la rendición ante los cánones que promueve la sociedad de consumo, donde las ventas y el número de fans son el único indicador posible de la calidad, y un relativismo estético, en el que la obra por sí misma es el único condicionante. Pero también es necesario prestar atención al contexto en que se desenvuelve la música, sus artistas y los conciertos, porque dejar éste de lado es restarle información al lector.

El periodista musical no sólo puede elegir enfrascarse en la difícil tarea de valorar, sino que existen otras formas en las que el juicio personal no está tan presente, como las entrevistas o las biografías. Sin embargo, también este camino tiene sus quebraderos y es que un redactor que acaba optando por el camino más objetivo posible cae en el peligro de acabar siendo un mero distribuidor de una información que, a menudo, es la que la industria considera de interés para sus objetivos mercantiles. Como en muchos otros sectores, el clientelismo y el agradecimiento recíproco también aquí tienen su lugar. Mucho más grande de lo que parece. Siempre hay un sello que es el que mejor te trata, el que más discos te envía o el que más acreditaciones de prensa te da. Y aún se puede ir más allá, porque cuando un mismo crítico es también productor o manager profesional y representa a las mismas bandas de las que habla en un medio pues ya redondeamos la operación. O cuando hacen las críticas de discos publicados en su propio sello… vamos que si se mira un poco se encuentran un buen puñado de situaciones en las que podríamos hablar claramente de “conflicto de intereses”.

También existen quienes aún piensan que hacer críticas mordaces y poner a parir casi cualquier disco que caiga en tus manos es una técnica eficaz para granjearte unos pocos seguidores, cierta credibilidad y algo de efímera fama. Una forma de concebir la tarea del crítico desde una óptica demasiado similar a la de un juez, pero una reseña nunca tiene validez universal y es el tiempo y los aficionados quienes acaban por poner siempre en su sitio a un disco o un artista. Habitualmente esos mismos son los que siguen creyendo que su opinión va a crear tendencia o que sus palabras pueden hundir o aupar a un artista. Está claro que aún hay excepciones, pero probablemente éstas cada vez serán menos frecuentes a medida que el uso de internet y el acceso a la información se siga extendiendo. Es ese periodista que vive en su pequeña burbuja de promos, notas de prensa, bandas amigas y demás faranduleo el que también ha hecho posible este cambio. Porque la gente no es imbécil y basta con rascar un poco para ver que ese que habla de apoyar la escena local es el mismo que no ha comprado una maqueta en su vida, que no paga las entradas de conciertos de grupos locales y que pretende ser más estrella del rock que el propio músico.

El papel del crítico musical

A pesar de la obviedad, hemos de ser muy conscientes de que en una reseña emitimos un juicio público, que probablemente aúne cierta objetividad y mucho más de experiencia personal. Vamos a poner en la primera línea sus cualidades y sus carencias. No hace falta ser un erudito de la historia de la música para emitir un juicio más o menos acertado, pero al menos sí es necesario o muy recomendable que el redactor tenga ciertos conocimientos sobre diversos géneros y que tenga nociones sobre conceptos como armonía o estructura. Conceptos que no siempre van a ser los detonantes de las sensaciones que nos provoca una canción, pero que en muchos ayudan a la comprensión y apreciación de la obra.

El papel del redactor debe ser parecido al de un guía para el lector. Un periodista musical debe contextualizar un disco, explicar la trayectoria del artista, realizar un análisis ágil y argumentado, incluso aportar anécdotas, descubrir al aficionado discos, grupos o géneros, darle algo de información sobre ellos y dejar una pequeña parcela de texto para su propia opinión (que no es más que eso, una opinión). Un periodista musical no decide lo que es bueno y no lo es (banal invento ese de las puntuaciones) y ni mucho menos debe convertirse en una pieza más del engranaje del negocio discográfico.

La crítica debe recuperar su vocación pedagógica y su papel más allá del mero valorador estético y añadir este componente a su labor habitual de informar y opinar en base a una realidad concreta. Entiendo la crítica musical como un ejercicio de reflexión intelectual cuyo objeto es una obra, un artista o un espectáculo concreto. Y ahí, pretender la objetividad es un trabajo infructuoso, además de que sería suponer que el crítico es aún más importante que la obra que valora. Porque la música siempre sabe escapar de cualquier cerco que se le intente imponer y al mismo tiempo se ata íntimamente a una realidad social y a una compleja red de significados que no siempre es vista ni acertadamente interpretada por quienes nos dedicamos a escribir sobre ella.

 

 
¡Ah!, si no hubiera la forma, no habría sin duda obras de arte, pero sin duda tampoco críticos de arte, y estos últimos están tan convencidos de ello que gritan, en su alma angustiada, en favor de la forma, mientras que el artista de espíritu ligero, el cual finalmente no existiría sin duda sin la forma, como ya lo he dicho, no se preocupa de ella ni un comino en el momento de crear. ¿Cómo puede eso suceder? Aparentemente porque el artista, sin saberlo, crea siempre formas, mientras que los críticos no crean ni formas ni cosa alguna.”

Eduard Hanslick (musicólogo y crítico musical austríaco, 1825-1904)

 
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